
Cine en el tiempo
No siento una gran pasión por el cine, como los que consumen películas como si fueran alimentos, pero me gusta bastante.
En la Unión Soviética con el cine, al igual que con la música, la literatura, la pintura y el deporte, se educaba. Supongo, pues, que mis criterios -buenos o malos- de valorar una cinta se han formado en mi país de origen siendo hoy bastante limitados y poco relevantes. Incluso me molesta a veces no poder abandonarme a la tan placentera y común sensación de diversión. Una “peli” para mí debe enseñar necesariamente algo; no le veo ese lado meramente entretenido y me detengo en detalles por los cuales muchos no dudarían en tildarme de quisquilloso. ¿Y qué más da?

Un ejemplo concreto. Al intentar ver la versión moderna de “Guerra y paz” de 2016, después de volver a ver la variante soviética, dirigida por Serguei Bondarchuk de los años 1965-1967, me llamó la atención el aspecto de los actores. Series televisivas que tienen como propósito retrotraernos hacia un pasado de grandes sufrimientos ocasionados por cataclismos tales como las guerras acarreadoras, al final, de hambrunas continentales, rebosan de actores y actrices de aspecto muy saludable físicamente. Por acertada que sea la interpretación del papel, el aspecto del artista no se corresponde al físico humano en general que el ser humano seguramente exhibiese en la época que el proyecto fílmico pretende representar en la pantalla. Dentaduras perfectamente cuidadas por la estomatología del siglo XXI, pómulos relucientes y pulidos por toda una industria cosmética, piel hidratada y estirada a base de colágeno y suplementos vitamínicos, uñas, cabellos, esas partes externas de nuestra anatomía que pensamos dan ampliamente cuenta de nuestra salud interna y que por eso nos esforzamos en cuidar sobremanera y con todos los medios a nuestro alcance hoy.

Tolstói terminaba de escribir “Guerra y paz” en 1869 y Bondarchuk terminó de grabar la serie en 1967. Habían transcurrido, pues, cien años con sus guerras, dos mundiales y otra civil, y una revolución muy violenta. En la URSS, después de veinte años desde el final de la Segunda Guerra Mundial el pueblo hacía todavía grandes esfuerzos para alimentarse. Una rebanada de pan untada con un poco de mantequilla y un trocito de embutido seguía siendo un lujo en muchas familias lo cual no se podía dejar de notar en el aspecto del cuerpo humano.

En todas las películas sobre la Guerra Civil y la Gran Guerra Patria que se hicieron en los años setenta y ochenta los actores muestran una complexión enjuta; algunos incluso habían combatido en el frente. La conexión todavía cercana en el tiempo hacía que las diferencias no fuesen tan llamativas. Es un detalle que ha dejado de cuidarse en el gran número de películas actuales con el mismo tema, muy difundidas en el contexto del conflicto ruso-ucraniano. Los actores, sobre todo los masculinos, exhiben, con pocas excepciones, cuerpos sobrealimentados, mofletes prominentes y rosados y hasta monumentales barrigas.

“Guerra y paz” de Bondarchuk acerca al espectador, a través de una recreación personal de la historia, a la época que narra. El director, y a la vez intérprete del papel de Pierre Bezújov, seguramente sin proponérselo, consigue ese efecto de autenticidad dramática gracias al tiempo que en este caso actuó no como oponente sino como aliado.

En la URSS el cine no se enfocaba como simple arte -con permiso, claro, porque el arte no puede ser simple- sino como necesidad que se abordaba con mucho arte, la de crear el efecto de fluidez de la historia. El cine no debía hacer pensar. El cine contaba la vida cotidiana, penetraba en ella hablándonos del ocio y del trabajo, de los buenos y malos momentos que atravesaban las familias.

El espectador entraba en fábricas, era testigo del trabajo en las grandes y ambiciosas obras de construcción, acompañaba a los trabajadores en las comidas de cantina obrera, se sentaba al lado de chóferes que conducían camiones, tractores, grúas, máquinas segadoras, compartía el sufrimiento en los divorcios y el goce de las ceremonias matrimoniales.

El cine transmitía la sensación de fluir en el tiempo, de no haber sido extraído de él, de ser el propio tiempo, de fundirse con él. La infancia también formaba parte del gran escenario de la vida que el cine soviético intentaba abarcar. El niño, uniformado de corbata roja anudada al cuello -muchachos o muchachas- salía en pantalla rubicundo, pelo revuelto y pecas, jadeando de agitación propia de su edad, no modificado por los cosméticos ni demasiado esmerado en la indumentaria, se descubría ante el público como un héroe del celuloide y de su generación. El escenario de la acción era cualquier escuela soviética, aula de clase, gimnasio o polideportivo nada diferentes de los que recuerdo yo, o bien cualquier calle o bloque de viviendas que ostentaban el mismo aspecto en cualquier ciudad o pueblo. Trozos de vida representando estampas de una época que reunidas formarían un buen manual de historia a través del cine.

En la segunda mitad de los años 80 hasta ya finales de los 90 la industria cinematográfica soviética siguió haciendo películas. El tema predominante era el traspaso desde un tipo de sociedad hacia otro, todo un proceso que abarca la pretransición, transición propiamente dicha y postransición. En la segunda mitad de los años 80 y primera de los 90 Mosfilm, la mayor compañía cinematográfica, afortunadamente aún financiaba proyectos y pagaba los sueldos a sus empleados. Fue un tiempo de grandes ilusiones y decepciones aún mayores, el tiempo de los deseos, planes y sueños que surgían por la mañana y se extinguían hasta caer la noche y que al día siguiente se repetían idénticos y con la misma suerte.
Una película lleva precisamente ese título: “Tiempo de deseos”. La obra capta de manera fideligna una etapa de la existencia que abarca un determinado momento de la historia y el protagonista no es un personaje concreto sino un fenómeno social: el empeño en conseguir bienes materiales de calidad, sobre todo extranjera en un país sin modas ni estilos, donde las producciones en serie marcaban ciertas tendencias que no lograban -ni pretendían- salirse de lo eternamente banal y donde cada uno intentaba superar, a su manera, la vulgaridad que dominaba sobre la multitud. Al ver la película, uno que viene del mismo espacio podría reconocerse a sí mismo o identificar en los personajes a personas de aquel medio que vivían las mismas inquietudes, gente que manifestaba equivalente actitud frente a los vaivenes de la vida y desplegaban un comportamiento similar.

El aspecto de los actores no precisa de ninguna transformación facial particular, éstos actúan con naturalidad, arropados por el papel como si se tratase de la prenda más cómoda. El personaje central es una mujer muy hábil en “conseguir cosas”. Regatea con facilidad los precios, cambia pisos pequeños por apartamentos más grandes y más confortables, regala pingües empleos a quien le interesa sobornar o gratificar, tiene tratos con ministros, directores y famosos y, lo que es más importante, pesca maridos. En este trajín diario recorre la sociedad de arriba abajo y de un lado a otro de modo que el espectador se ve inmerso en un mundo de costumbres de lo más comunes, conoce ambientes hogareños, presencia ceremonias de fugaces matrimonios y episodios de lamentables separaciones, escucha conversaciones telefónicas, sube a coches y baja de ellos, entra en una peluquería femenina -magnífico escenario de cotilleo- pero, sobre todo, conoce rostros, fisonomías, tipos humanos. El artista es el espejo de la sociedad de su tiempo y por eso es auténtico, real y palpable pues interpreta el papel de su propio destino en ese momento de la vida.

El cine posterior a los años 2000 fue saliendo poco a poco de ese molde, resbalando hacia el individualismo, éxito personal y vedetismo. Abandonando su propósito educador, el cine salía del tiempo y se alejaba todavía más del arte. Lograron eludir la degradación aquellos proyectos realizados por maestros, series a partir de obras literarias, como “Maestro y Margarita”, “Idiot”, “Crimen y castigo”.

Una fusión entre arte y realidad logra plasmar Alexey Balabánov, director controvertido pero muy original en su manera de enfocar el cinematógrafo consiguiendo acercar entre sí, por un lado, la sempiterna sensibilidad rusa hacia el mito del héroe y, por el otro, el realismo feroz del entorno vital que rodea al hombre común. Una vía muy acorde a los cambios de la vida artística en el antiguo espacio soviético deseoso de liberarse de la anterior banalidad repudiándola ya un poco indiscriminadamente.

Los demás solo son intentos de abastecer un mercado saturado de monotonía logrando, sin embargo, gracias al trabajo de actores, actrices, guionistas y directores crear películas completas en su género a caballo entre los patronos ideológicos y estéticos del pasado y las exigencias comerciales de la actualidad. Aquí entran series como “El Petersburgo hampesco”, primera parte “Barón” y segunda “Advokat”, “Brigada”, “Pepel” (Ceniza), “Apostol”, y largometrajes como “Bymer 1”, Tiskí (“Tornillo”), “Mayor”, Durak (“Necio”), por poner solamente algunos pocos ejemplos.

Al desaparecer la URSS dejaba de existir también el cine en el tiempo
Podríamos concluir, pues, que al desaparecer la URSS dejaba de existir también el cine en el tiempo, una necesidad con fines educadores, instructivos y aleccionadores transformada en arte. El trabajo, únicamente el trabajo interesaba a esos grandes actores y actrices, modestos currantes del cinematógrafo, remunerados a sueldo fijo lo mismo que un empleado común.

Y uno que también se ha educado con el cine en el tiempo, y tiene muy vivos en la memoria todavía algunos rostros de los personajes que tan expresivamente daban vida al mundo de la pantalla, Papánov, Aléntova, Mirónov, Grigore Grigoriu, Svetlana Toma, Volontir, Clara Luchikó, Karáchentsov, Boyarski, Tíjonov, Abdúlov, Yákovleva, Leónov, Tabakov, Vysotski, Dzhegarjaneán, Konkin, Gúndareva, Muraviova, Basilashvili, Liudmila Gúrchenko, Mijalkov, Serebreakov, Yankovski, Veliamínov, Inna Chúrikova, Kuravliov, dedica este texto en homenaje a todos ellos.

también Quijote de Cherkásov, Stalin, El Terrible
