
Honra y Deshonra Justicia e Injusticia Dignidad y sin ella Nada
Curiosos los tiempos que vivimos. Se puede mentir y seguir viviendo, robar y vilipendiar -directamente del latín vilipendĕre- y seguir viviendo, usurpar y seguir viviendo, asesinar y quedar sin condena, fracasar en administrar un estado y seguir gobernando, incumplir la ley y continuar legislando. Todo esto se puede hacer ahora porque está permitido.
Han cambiado muchas cosas últimamente desde que he escrito algo sobre el enfrentamiento ruso-ucraniano, pero no porque se hayan movido fichas importantes en el tablero donde, como podemos notar, casi nada se mueve, sino porque el propio tablero es distinto. Las palabras de Putin en el encuentro con Trump, en Alaska, “La próxima cita entre nosotros va a ser en el Kremlin”, no fueron lanzadas al azar. Los dos creían, en ese momento, que algo así era posible. ¡Cómo le habría gustado a Vladímir recibir en su casa a su amigo americano Donald! ¡Y qué a gusto habrían estado los dos hablando sobre la paz donde ellos tengan un papel de protagonista! Pero no sueña el amo con lo que sueña el peón. Desde entonces ha habido muchos otros encuentros, con actores de menor nivel, que pedían su propia vela en el entierro, y de la esperanza que ha despertado aquel encuentro ya no queda nada. Al parecer no debe quedar lugar para la esperanza hoy, y alguien se ocupa sistemáticamente que esto sea así con eficacia extrema.

Sin embargo, el principal problema que plantea un acuerdo de paz son las condiciones que se pactan para alcanzarla. En la historia ha habido muchas guerras justas, en las cuales se ha peleado por sobrevivir, pero la paz que se pacta, al concluir la conflagración, casi siempre es injusta. La Ucrania postsoviética ha perdido territorio en el campo de batalla y más de un treinta porciento de la población que tenía antes de entrar en esta fase del conflicto, entre muertos en combate y refugiados. Acordamos la paz, sí, pero ¿cómo la compartimos? ¿Y cómo compartir, después, esa paz con los rusos, un enemigo que ha suscitado tanto odio alimentado, además, por todos los medios que tenemos a nuestro alcance hoy?

Europa también se mueve dentro de su propio escenario. Me he alegrado sinceramente cuando supe que a la Presidenta de Moldova, Maia Sandu, el Parlamento Europeo le ha concedido la Medalla del Mérito. Me he alegrado por Moldova y por escuchar su nombre allí, bajo la bóveda de este emblemático lugar. Y también me he alegrado por ella y por su emoción en este momento, pero no veo motivos reales para la fiesta. Además, conociendo muy bien la facilidad con que se otorgan diplomas y premios hoy día, en cualquier área, solamente por estar todos de acuerdo en el mismo planteamiento, me parece que el acontecimiento es parte de una obra de teatro donde todos actuamos y todos nos reímos. Sin embargo, engañarse a sí mismo no es lo mismo que engañar o otros. Engañarse a sí mismo es de inocentes mientras que engañar a los demás… A ver ¿cómo podríamos llamar a aquellos que engañan a los demás? Porque aquí inocentes no hay.
Honra y Deshonra Así son los tiempos que vivimos: no permitir victorias, no reconocer derrotas, no condenar a los culpables
Habla Maia Sandu sobre la reunificación de Moldova con Rumanía. ¿A qué se debería ahora este cambio de discurso político? Porque este tema era intocable hace apenas un año en un espacio rusificado hasta la médula como es el espacio moldavo-soviético y tampoco la presidenta hablaba de esta reparación histórica de forma tan clara como lo hace ahora. Al referirse a ello, siempre se deslizaba por las ramas y, además, de una forma tan confusa que no contentaba a nadie, ni a los que estarían posiblemente a favor ni a quienes se opondrían rotundamente. El escenario creado por Maia Sandu, vinculado estrechamente al guión enviado desde Bruselas, pero desvinculado por completo de la realidad de su propio país que la presidenta, metida en una cómoda burbuja, al parecer ignora, vendría a deslucir de manera lamentable y ridícula el propio acto histórico de la reunificación, si esta, al final, llegase a producirse en unas circunstancias tan extraordinariamente triviales. Destruir la ilusión de cualquier logro es el propósito de quienes han tomado el mando de nuestros destinos y lo están cumpliendo metódicamente con operatividad industrial.
Mientras escribía esto -mayo de 2026- leí un artículo publicado en un periòdico español sobre la inteligente guerra que está exhibiendo Zelenski ahora, tras cuatro años de enfrentamiento, y sobre los enjambres de drones que Ucrania produce y lanza sobre Rusia en este momento. La pregunta es ¿para qué les sirve? Es cierto que el tiempo ahora no juega a favor de Rusia, pero también los logros de la inteligencia militar ucraniana llegan tarde y su éxito no cala en un público europeo harto de todo, también de empatizar con cualquier causa.

El general Alexandr Lébed, candidato a la presidencia de Rusia, en 1996, contra Boris Yeltsyn, y muy famoso, además, en el antiguo espacio soviético por su papel de pacificador en las Guerras de Transnistria y Chechenia, decia que “cualquier guerra concluye, al final, con un acuerdo de paz. Empecemos, pues, por este acuerdo de paz para evitarla”. En Chechenia Lébed logró, al final, acordar una tregua entre los enfrentamientos ruso-chechenos, muy violentos todos ellos, los que se habían dirimido hasta aquella fecha y los, aún peores, que vendrían después, y en el conflicto moldavo-transnistrio el posible avance de los combatientes moldavos, policías en su mayoría ya que en este momento Moldova no disponía aún de ejército propio, fue sofocado, en poco tiempo, con descargas brutales de artillería perteneciente al arsenal del Ejército 14 Soviético, acantonado en Transnistria, que el general había sometido a su mando. No concuerda, pues, el escenario con las acciones porque no sabemos calibrar bien el daño antes de causarlo y, por lo tanto, sería más apropiado atenterse directamente a los mandamientos.

Como todo ser humano dotado de sensibilidad hacia el sufrimiento, deseas que esta guerra acabe de una vez. Te imaginas también ese día final, el día de firmar la paz y te preguntas quién va a estar sentado a la mesa con los documentos del acuerdo y quién va a poner en ellos su histórica firma. Y entonces te vienen a la mente algunas imágenes históricas cuando se firmaron las Actas de Capitulación Alemana y de los Juicios de Núrenberg que has visto tantas veces en documentales y películas. Las vuelves a buscar y las miras. Y lo que ves es dignidad en la derrota, sumisión ante la victoria y justicia en la condena de los culpables.

Te preguntas, pues, si ahora va a ocurrir algo parecido y te respondes que no. Si esta guerra va a terminar, como acaba todo lo malo que ha empezado en algún momento, el acuerdo al que se habrá llegado para ponerle fin no va a contentar a nadie. Y nadie va a celebrarlo porque así son los tiempos que vivimos: no permitir victorias, no reconocer derrotas, no condenar a los culpables. La guerra ruso-ucraniana va a quedar en la historia como un hecho deshonroso. Una de esas guerras que, citando al general soviético, mejor habría sido no haberla comenzado en absoluto.
